Cuando un operador gastronómico se sienta a leer un contrato de franquicia, casi siempre empieza por la marca y el manual de imagen. El problema es que las cláusulas que después duelen no están ahí: están en los anexos comerciales, en la base de cálculo de los royalties y en la letra chica sobre de dónde tiene que salir cada insumo. Esta guía repasa los puntos que más discuten los franquiciados argentinos antes de abrir el primer local, y también los que aparecen cuando ya operan otros.
La mayoría de las discusiones se concentran en el número: 4%, 6%, 8%. Pero en la práctica el conflicto aparece cuando hay que definir sobre qué se calcula ese porcentaje. ¿Ventas brutas con IVA incluido o sin IVA? ¿Se descuentan las promociones de plataforma, los cupones propios, las mermas por rotura? Un contrato que fija el porcentaje pero deja la base "a criterio de las partes" es una fuente de fricción mensual.
Conviene pedir por escrito qué se considera facturación neta y qué descuentos son admisibles. En cadenas con delivery fuerte, la diferencia entre calcular sobre el ticket bruto o sobre lo que efectivamente liquida la plataforma puede mover varios puntos del margen operativo. También vale revisar si existe un mínimo mensual garantizado: algunos franquiciadores lo incluyen y no siempre se menciona en la ronda inicial de conversaciones.
La exclusividad se negocia casi siempre sobre un radio en kilómetros, pero el sector gastronómico no funciona por distancia lineal. Un radio de tres kilómetros en un centro comercial denso no significa lo mismo que en una zona residencial con baja densidad de tránsito. Antes de aceptar el mapa que propone el franquiciador, conviene contrastarlo con los locales propios que ya tiene la marca en la ciudad.
Otro punto que aparece tarde: qué pasa si el franquiciado quiere abrir un segundo local. Muchos contratos reservan la zona para el franquiciador o exigen una autorización previa que puede demorar meses. Si el plan es crecer, ese derecho de preferencia tiene que estar escrito desde el inicio, no como una promesa verbal durante la negociación.
La obligación de comprar insumos al franquiciador o a proveedores homologados es una de las cláusulas con más impacto en el costo operativo. No es lo mismo un contrato que fija la lista de proveedores aprobados que uno que obliga a comprar todo a través de la central. En el primer caso el franquiciado puede negociar precios con distribuidores locales; en el segundo, depende del listado que le pasen cada trimestre.
Vale preguntar explícitamente cómo se actualizan los precios de esos insumos, con qué frecuencia y si existe algún mecanismo de revisión cuando el mercado se mueve más rápido que el contrato. En categorías como lácteos, aceites o carnes, esa cláusula define si el negocio sigue siendo rentable a los seis meses de abrir.
El final del contrato suele leerse rápido, y es donde están las sorpresas. ¿Cuánto dura el período de gracia para desmontar el local? ¿El franquiciado puede seguir usando el mobiliario que compró o tiene que retirar la identidad visual? ¿Hay cláusula de no competencia y por cuántos meses aplica?
Para un operador que ya tiene otros locales, la salida de una franquicia no es solo cerrar un punto: es reubicar equipamiento, renegociar contratos de alquiler y decidir si el personal se reasigna. Todo eso conviene tenerlo mapeado antes de firmar, no cuando el contrato está por vencer.
Este material es una guía de lectura de contrato, no un modelo legal. Cada acuerdo se revisa con asesoría propia antes de la firma.
Antes de publicar cualquier análisis sobre franquicias gastronómicas, el material pasa por manos que ya negociaron contratos de provisión, apertura de locales y compra de equipos. No escribimos sobre cláusulas que nunca discutimos en una mesa real.
Revisa expedientes de franquicia desde el lado del franquiciado. Su foco está en la base de cálculo de los royalties: si se aplica sobre facturación bruta, sobre ventas netas o sobre ticket promedio, la diferencia cambia el margen del local en temporada baja. También insiste en leer la cláusula de territorio antes de firmar cualquier carta de intención.
Analiza la obligación de compra de insumos al franquiciador. Pregunta siempre qué pasa si el proveedor impuesto no entrega a tiempo, si hay lista cerrada de productos o si el franquiciado puede homologar alternativas. Ese punto suele definir si el negocio aguanta una apertura en el interior.
Cuando el contrato exige equipamiento específico, verificamos si las cocinas industriales que menciona el manual de marca siguen disponibles en el mercado argentino y si su instalación requiere refuerzo eléctrico o extracción que el local no tiene previsto.
Los plazos de salida son la parte que menos se negocia y más se sufre. Revisamos preaviso, condiciones de no competencia posteriores y qué ocurre con el mobiliario comercial al terminar el vínculo. Es lectura crítica, no asesoría legal.
Antes de discutir el porcentaje de royalties conviene acordar el vocabulario. Estas aclaraciones son las que más veces aparecen en la mesa de negociación cuando un operador con locales propios evalúa sumar una marca.
El porcentaje casi nunca es el problema. El problema es la base: si el cálculo se hace sobre facturación bruta, los descuentos por promociones, las comisiones de plataformas de delivery y las mermas quedan dentro del cálculo. En contratos del sector se ve cada vez más la fórmula sobre ventas netas de impuestos, pero con una definición cerrada de qué se descuenta y qué no. Si esa lista no está escrita, el franquiciador la interpreta a su favor.
La cláusula suele decir "zona exclusiva" sin delimitar el perímetro. En la práctica, la exclusividad se mide por radio en kilómetros, por cantidad de locales permitidos en un mismo corredor comercial o por población. Un franquiciado que ya opera otros puntos sabe que el territorio vale tanto como el royalty: si la marca puede abrir a tres cuadras, la inversión en equipamiento y adecuación del local pierde sentido antes de recuperarse.
La provisión centralizada sostiene la consistencia del producto, pero también ata el margen. Conviene revisar si la obligación es total o si admite proveedores homologados, con qué frecuencia se actualizan los precios de la lista y qué pasa si un insumo falta. Los contratos que funcionan suelen incluir un mecanismo de sustitución y un plazo de aviso antes de cambios de precio, algo que rara vez aparece en el primer borrador.
El plazo inicial de cinco o diez años se negocia, pero lo que realmente pesa es la salida. Hay que leer con atención las causales de rescisión, el preaviso exigido, las inversiones pendientes de amortizar y si el franquiciado puede vender su local a un tercero aprobado por la marca. Cuando el operador ya tiene otros locales, la salida de una unidad no debería arrastrar al resto de la operación.
Estas notas son criterios de revisión, no un modelo de contrato ni asesoramiento legal. Cada acuerdo depende de la marca, la provincia y el tipo de local. Lo que sí aplica en todos los casos: pedir el borrador con antelación, comparar cláusulas entre franquicias del mismo rubro y dejar por escrito cualquier promesa verbal sobre territorio o insumos antes de la firma.
Si estás evaluando una franquicia y querés contrastar criterios con otros operadores del sector, escribinos a info@mangiahouse.com o llamanos al +54 9 11 5712 0609. También podés pasar por La Bajada, Municipio de La Banda, Santiago del Estero, G4300, Argentina.
Cuando un operador ya administra dos o tres locales propios y decide sumar una marca franquiciada, la discusión rara vez empieza por las cláusulas. Empieza por el nombre. El contrato, en cambio, se define en detalles que casi nadie lee en la primera reunión: cómo se calcula el royalty, qué territorio queda protegido y de qué manera se abastece la cocina. Estos son los puntos que más fricción generan en la mesa de negociación.
El porcentaje suele ser lo primero que se negocia, pero la base importa más. Un royalty del 6% sobre ventas netas no equivale a un 6% sobre facturación bruta con impuestos incluidos. Conviene revisar si se descuentan devoluciones, descuentos comerciales y ventas por canales de delivery, porque ahí se define el monto real que se gira cada mes.
La zona exclusiva se mide en cuadras, no en ciudades. Un franquiciador puede prometer exclusividad sobre un barrio y abrir otro local a diez cuadras. Antes de firmar conviene fijar por escrito el radio, el plazo de la protección y qué pasa si el franquiciador quiere abrir un punto propio dentro de esa área.
La obligación de comprar al franquiciador o a proveedores homologados es la cláusula que más afecta el margen a mediano plazo. Hay que revisar si los precios se actualizan por lista propia o por un índice público, si existe alternativa cuando falta stock y si el franquiciado puede homologar un proveedor local con especificación equivalente.
El contrato típico del sector va de cinco a diez años. Lo que se discute poco es la salida: preaviso, inversiones pendientes de amortizar y condiciones de reventa del local. Si el franquiciado ya opera otros puntos, conviene negociar una salida escalonada y no una cláusula única para toda la red.
Esta es una guía de lectura de contrato, no un modelo legal. Cada operación tiene particularidades que conviene revisar con asesoramiento propio antes de firmar.